Omar Carrero Araque
Una vida entera en estrecho contacto con la vegetación trocó su Hoja de Vida en la Vida de Hoja que aquí se presenta.
Una vida entera en estrecho contacto con la vegetación trocó su Hoja de Vida en la Vida de Hoja que aquí se presenta.
Santa Bárbara de Barinas (1946)
A muy temprana edad, en las fundaciones dispersas en las sabanas de La Idea, se inició como conocedor de animales y plantas al sentir lo punzante de las avispas y la quemazón del chirel. Más tarde en los campanillales de Caño Jesús y en los derrames del caño Morronero, aprendió a reconocer al Palo e´maría, por la picadura de la hormiga y al Picapico y al Ojo e´buey, por lo irritante de los pelitos. Cuando abandonó los bajiales de La Idea, ya conocía muchas de las plantas y los animales de la sabana, del bosque y del caño.
En Mérida, la Universidad de Los Andes lo hizo devoto de la forestería y la Universidad de Montpellier, lo aficionó a la ecología. Desde su puesto de trabajador de la ULA recorrió, de cabo a rabo, bosques, chaparrales, sabanas, matorrales, charrascales y páramos del país. Si buscáramos en los pegostes de tierra de las muescas de sus frazzani, podríamos encontrar en ellas como testimonio de los dominios vegetacionales rastreados, arcillas del Cajón de Arauca y de las bajuras de Morrones, Arismendi, Cazorla, Guadarrama o Camaguán; arenas de los medanales de Coro y Cunaviche, o terrones ferrosos de la altillanura apureña; el ripio de los chaparrales piemontanos y de las galeras centrales; restos de las calizas del Tokuko de los yukpa, de los tatucos de Aricuaizá y del sipo de los cenagales del sur del lago; de los bancos de Caparo y Caimital, los bajíos de San Camilo y las calzadas de Ticoporo; de las concreciones de Bochinche, Anacoco y San Martín de Turumbán, de las peyotas de moco e´ hierro de Imataca o de la Altiplanicie de Nuria, de los granitos de San Pedro de las Bocas y de las piedras cuarzosas de la Gran Sabana; del barro de los bosques cuasi-flotantes de Winikina, Curiapo o Araguaimujo, del fango de las charcas apamateras de Guarapiche y mangleras de Punta Antica; de los desagregados de las lajas amazonenses; de los suelos aluminosos y ácidos del medio Cuao; de las arenas silíceas de la mesas orientales y de los pinares del sur de Anzoátegui y Monagas; de las costras ferrosas del costo orinoquense; de los acaprales colinosos del Orituco; de las caolinitas del Henry Pittier o los compactados suelos de Tucutunemo; de las rocas fraccionadas por los hielos de Mucubají, Piedras Blancas, Mariño y La Negra; de las lutitas humedecidas de La Carbonera, los gneises de La Mucuy o las areniscas de El Tamá; de los cuarzos y esquistos verdosos del bolsón seco de Estanques-Lagunillas. Más allá de los límites de la tierra de gracia, encontraremos su pisada en los bosques de Mapane y Brownsberg y en las praderas antrópicas de Joden Savanne (Suriname), en el dormitorio de las ibis y flamingos del Caroni Swamp y la reserva forestal de Arena (Trinidad y Tobago); en el bosque de los Chimanes y en las pampas benianas (Bolivia), en los manglares concheros de San Lorenzo, El Limón y Palma Real (Ecuador) y Candelillas de La Mar (Colombia), en las sabanas de Arauca (Colombia), en las selvas de Taϊ y las sabanas de Lampto (Costa de Marfil); en los cascajonales calcáreos de Les Cevennes (sur de Francia) y por último, ligera porción de las arcillas aluviales terronosas de la pampa merdional brasileña en donde crecen extensos eucaliptales.
Quien anda mucho ve mucho, solía decir Don Miguel de Cervantes. Nada más cierto porque un viaje, no sólo descubre la geografía de un lugar sino, para un buen veedor, su carga cultural. Este hecho da al baquiano una visión más universal, ensanchándole su baquía hacia otros campos como la historia escrita u oral, la botánica o la biogeografía, la culinaria o la poesía. En razón a esta condición un baquiano puede saber que los pericos “sacan” su pichones en febrero o que el inicio de la floración del drago en el llano coincide con la llegada del verano; que el Wärime es una danza ritual ejecutada por los Piaroa para celebrar la abundancia de sus cosechas; que Francisca Vásquez de Carrillo es la Doña Bárbara de la novela y que llegó desde Colombia a fines del siglo XIX cargada de morocotas para comprar el hato Mata de Totumo; que La Llora es una música y un baile tradicional de La Victoria; que el Saní era un grano alimenticio de los indígenas de los páramos; que en la plaza Bolívar de El Cobre está el primer árbol de pimiento o molle plantado en Venezuela; que la batalla de Santa Inés fue planificada por tres franceses; que la Cruz Rubiera ha sido el hato más grande en la historia de Venezuela pues llegó a tener 360.000 hectáreas o, que el llanero si es un buen baquiano, puede sortear leguas de sabana teniendo como brújula al cielo y al horizonte.

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