El contacto con los llaneros
de oficio nos condujo al mundo de los refranes, de los espantos y de las
leyendas. De estas últimas resaltan aquellas en las que Satanás, asumiendo
figura humana se presentaba en actitud retadora ante cantadores populares que
se habían hecho respetar por la naturaleza relancina de su improvisación.
La búsqueda de información
sobre estos temas nos dejó ver que Florentino
no está solo.
LAS LEYENDAS SOBRE LA
PRESENCIA DEL DIABLO EN LOS CANTOS A PORFÍA
Omar Carrero Araque
Baquiano
2014
"Cuando con trote sombrío oye un jinete tras él"
Ilustración de Beto Arvelo
Las leyendas en
las que El Diablo asume la figura de hombre para enfrentar verso a verso a cantadores populares que hayan
adquirido renombre de invencibles en el canto a porfía o contrapunteo, parecen
tener su origen en las fiestas paganas medievales. Con estas
fiestas se intentaba, entre otras cosas, anular el temor al Diablo que las religiones
promovían a fin reprimir las orgías.
En este acontecer el pueblo “hizo hombre”
al Diablo para poder combatirlo y tener posibilidad de vencerlo en el plano humano, con armas
religiosas o paganas tales como rezos,
letanías o conjuros.
Numerosas leyendas de este
género están esparcidas por los pueblos
americanos. Entre estas vale citar la
leyenda de “La Carnavalización del Diablo” (1) que muestra como el propio Dios enfrenta al Diablo y lo derrota en un
contrapunteo, decretando así el fin del Demonio, tal como lo apuntó el poeta
Daniel Meneses, en 1896:
“Al
fin el último día
se
acabará tu castigo
y
así te vendrás conmigo
a
gozar de la alegría.
Estando
en mi compañía
disfrutarás
del placer
cesará
tu padecer
y
vas a ser muy feliz
cuando
a mi reino tú entrés
no
serás más Lucifer”.
En otra historia se
presenta un trance parecido pero esta vez en Colombia en donde el Diablo se le
aparece a un personaje-emblema del canto vallenato, en la costa caribeña:
Francisco El Hombre. Se cuenta que una noche en que Francisco regresaba a su
casa tocando el acordeón, e improvisando
coplas para distraerse en el camino, se dio cuenta que alguien que lo
seguía sin mostrarse, le respondía magistralmente
cada copla.
También se dio cuenta que el desconocido le estaba ganado “la
piqueria”(4). En ese trance, un
relámpago le permitió ver que el juglar desconocido era el mismísimo Diablo, entendiendo
entonces que ese duelo sería definitivo para su existencia por lo que en un
esfuerzo superior sacó lo mejor de su melodía y cantó el Credo al revés, en
coplas que el Diablo no pudo responder, huyendo despavorido (4).
Francisco El
Hombre es uno de los personajes de Cien años de soledad en donde se le presenta
como «un anciano trotamundos de casi
doscientos años que pasaba con frecuencia por Macondo divulgando las canciones
compuestas por él mismo» (7).
Monumento a Francisco El Hombre en Río Hacha
Foto: www.panoramio.com
La
Piqueria es el duelo cantado entre dos o más personas, en el cual las armas de
los contrincantes no son otra cosa que la inteligencia y su natural disposición
para desafiar y responder en cuartetas o décimas
(4).
Ya en Venezuela, las
leyendas más conocidas de los enfrentamientos del Hombre con el Diablo las encontramos en la serranía coriana, en los
valles de Aragua o en los llanos. Para la tierra falconiana, Luis Arturo
Domínguez en una recopilación de leyendas escrita en 1983, menciona el
encuentro que sostuvo Nepomuceno Guerrero con el Diablo.
Nepomuceno era invencible entre los cantadores
de Polo para lo cual estaba dotado de gran capacidad improvisadora. Después de
haber vencido a cuanto cantador se le enfrentaba señaló arrogantemente que ni
siquiera el Diablo podría ganarle:
“Malhaya el diablo saliera
a ver como se arremacha
un cantador de carretera
luna tan clara, caracha”.
Entonces
un hombre de pequeña estatura que calzaba alpargatas, le responde fuertemente:
“Yo vengo con la esperanza
de cantar con vos, Guerrero
ya mío te considero
si me cantás con tardanza”.
Al
darse cuenta que el hombrecito tenía una memoria clara, mejor improvisación y
una voz cada vez más grave, comienza a presentir del origen sobrenatural de su
rival, quien se revela en una copla atemorizante:
“Yo solo vine a buscarte
con mi sombrero bolero–
y vine para buscarte
Nepomuceno Guerrero”.
El
aludido ante semejante perspectiva entra en pánico pero en una suprema
inspiración suelta una copla que surte el efecto de una plegaria:
“Yo solo salí a coger
un gran dolor de cabeza
Amigo, si es Lucifer
¡Magníficat y es grandeza! (3).
Ante
la mención de La Magnificat, el cántico y oración católica
reconocida como la sinopsis de las enseñanzas de María, el Hombrecito huye
intimidado. Un día después de este encuentro, hallaron en Médano Blanco el
cuerpo de Nepomuceno en condiciones cercanas al desfallecimiento, justamente un
día Viernes Santo, cuando según la tradición Mandinga anda suelto por el mundo.
También
en Villa de Cura se conoce la leyenda de
Nicanor y El Diablo, en la cual se presenta a Nicanor como un esclavo de buen porte, discreto y “leído”
que un Domingo de Gloria fue visitado por un hombre extraño, de color blanco y vestido de rojo paño, quien lo
reto a probar su conocida habilidad en el canto y la improvisación.
Nicanor no
rehúye el reto pasando toda la noche en un “te digo y me dices” hasta que a
punto del amanecer, habiéndose Nicanor dado cuenta del misterioso origen de su
rival, describe en coplas la pasión de Cristo y sus oraciones en el Huerto de
Los Olivos con lo que pone en huida al rival (5). La versión musicalizada de
esta leyenda anónima fue grabada primeramente por Mario Suárez y tiempo
después, por Raquel Castaños.
Por último se presenta la más conocida de estas
leyendas difundida a lo largo y ancho de la tierra llana venezolana-colombiana,
gracias a la versificación del poeta Arvelo Torrealba, quien en más de un
millar de versos, crea en 1940 la
primera versión de la más grande obra laudatoria de la poesía llanera: Florentino y El Diablo (6), un poema que
relata la porfía entre el coplero araucano y el maligno, en Santa Inés de
Barinas, aunque la leyenda popular ubica a este singular duelo en el Paso Real
de Arauca.
La primera noticia documentada de esta leyenda se tiene en un
discurso pronunciado por José Eustaquio Machado el 11 de mayo de 1924 en la
Academia Nacional de la Historia al momento de su incorporación como Individuo
de Número, en cuyo oratoria, este escritor menciona a una porfía escenificada
por un bardo rustico de nombre Florentino y El Maligno.
Un poco más tarde,
el 26 de noviembre de 1925 aparece
en Fantoches una versión firmada por Manuel Mirabal Ponce, cuya información
coincide con la de Machado, en la cual, Florentino con dos coplas pone en fuga
al Diablo (9).
Los orígenes de esta leyenda según Julio García Díaz
periodista de Fantoches (que escribía bajo el pseudónimo de Ño Águedo) los
sitúa en un duro contrapunteo que sostuvo un coplero cazorleño de nombre
Florentino Lovera con un personaje desconocido.
Allí cuenta que en 1900 cuando
él apenas contaba con 10 años de edad, le oyó este relato a una anciana de
Camaguán. Ño Aguedo al recordar la versión de la anciana hace mención a “dos
grandes bosques de alcornoque” que ubica, “uno en la parte alta y otro en la parte de bajíos, o del río”,
este último llamado “alcornocal del río o
del Frío” (8).
Aquí debe
señalarse que los nombres Alcornocal y El Frío ya aparecen registrados en 1571,
en los mapas del cosmógrafo Juan López de Velasco (1535
– 1598) hechos públicos
en 1787. En estos mapas estos dos nombres se repiten en dos lugares diferentes;
unos hacia los lados de Mantecal y Elorza (el
Alcornocal del Frío?) y los otros, hacia Cazorla (el Alcornocal de abajo?). Los mapas actuales sólo registran a El
Frío, entre Mantecal y El Samán de Apure y, El Frie, a unos 15 kilómetros al
oeste de Cazorla.
También vale acotar
que la ausencia del Alcornoque en los bajíos confirmada por la revisión de información fitogeográfica y por observaciones de campo efectuadas en Cazorla, Guayabal, San
Bartolo, Garcita y Paso Aguaro lleva a pensar que el topónimo, antes que por la
presencia de estos árboles, se debió más bien a un acto de “trasplante
toponímico” impulsado por la añoranza de los conquistadores por sus lares, tal como ocurrió con Guadarrama y Cazorla.
Se
sabe que en España hay tres sitios con el nombre de Alcornocal, uno de ellos
precisamente en la Sierra de Guadarrama. Ante estas consideraciones se presume
que el relato de Ño Águedo se inclina más hacia el campo de la inventiva.
La
leyenda de Florentino ya había sido magistralmente escrita por Don Rómulo
Gallegos en Cantaclaro (1934), tal vez la obra suya más consustanciada con el
llano y a la llanería. Llama la atención la discrepancia entre los autores para
señalar el desenlace de la contienda, pues mientras que la versión popular
cuenta que Florentino quedó mudo después de su encuentro con el Diablo; Arvelo
Torrealba, Machado y Mirabal, lo muestran victorioso, pero Gallegos tal vez
acercándose más a la leyenda sabanera, señala que “a Florentino se lo llevó el
Diablo”.
Esta
obra fue musicalizada y grabada inicialmente por Don José Romero Bello y El
Carrao de Palmarito y, más tarde por César Bernal y Alexis Unda.
Para finalizar se copian parte de las versiones de
Machado y Mirabal