PATRICIO MENDOZA: LA BAQUÍA LLEGÓ DEL CAIPE
Omar Carrero Araque
Baquiano
2015
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| Con Patricio en su casa de Barrancas Foto: Yusmar García |
Yo
soy Patricio Mendoza
Hombre
de talento bueno
Y
de alta capacidá
Trabajé
como baquiano
Allí en la universidá
Con esta copla nos
recibe en Barrancas de Barinas Patricio Mendoza, un amigo y compañero de
trabajo de muchos años en la Estación Experimental EL IREL. A este amigo no lo veía
desde los tiempos de activos, contrapuestos a estos lentos de jubilados.
Patricio Mendoza nació en Obispos en 1931
pero desde 1955 reside en Barrancas a un
costado de la Granja, como se llamaba en ese entonces a las instalaciones
ocupadas hoy por la Estación Experimental El IREL de la Universidad de Los
Andes.
El nombre de granja es una reminiscencia de la Granja Agrícola, una
escuela creada en 1939 para la capacitación de la juventud rural en labores
agropecuarias. Allí en medio de un
charrascal levantó su humilde vivienda que
para ese tiempo era la única en el sector.
Según su relato las paredes eran de
tablas que recogía de los desperdicios de un aserradero y el techo, como todas
las viviendas del campo barinés, lo cubría con hojas de palma de agua. Al
repasar su memoria señala que allí no había ningún servicio público y que el
acceso a su vivienda se hacía a través de un camino sabanero.
Patricio recuerda
también que, siendo un muchacho dejó las orillas del Caipe en su Obispos natal, para establecerse en la zona boscosa de Caimital, en ese entonces
libre del parcelamiento que en 1965 le aplicó la reforma agraria. En Caimital vivió hasta “la época de las explotaciones” cuando
abandonó estos lares al ser contratado
por los Profesores Aníbal Luna, Luis Rodríguez Poveda y Jaime Bernal como “cuidón” de una finquita
que habían adquirido en el sector de Chaparral y a la que le pusieron el nombre
de QUIRIPITÍ, como la planta más abundante en esas sabanas creadas por el hombre después de la destrucción del bosque.
Allí estuvo afanando
por un lapso de dos años pues a partir de 1966 comenzó a trabajar como obrero en El IREL bajo las órdenes del Sr
Picón, más tarde de Epitacio Nácar y por último, a partir de 1969, de Juan David
Castellanos. Desde Mérida la conducción de la Estación andaba de la mano del Profesor
Hermán Finol. Durante su permanencia como obrero baquiano en EL IREL compartió responsabilidades con Pedro Nácar,
Amadeo Armario, Juan Pablo Rodríguez, Urbana Ache y con su hermano Pedro
Mendoza.
Cuando la ULA “se encargó de la
Granja”, se mejoraron las viviendas y se
reinstalaron los servicios de agua y de luz, así como las vías de acceso. Se
cambió el techo de las casas pues las viejas vigas de guatajiro ya estaban
podridas. Se obtuvo un permiso del Ministerio de Agricultura y Cría para cortar
y traer madera desde Caimital a fin de reemplazar la viguería dañada por el
comején.
Casona de El IREL. Foto INDEFOR
El encargado de cortar las varas de guatajiro fue Rufino Díaz. En este
trance se cambió el techado de teja por el de acerolit, perdiéndose así el
señorío y la apostura de las casonas.
En la memoria de este “viejo roble” todavía están intactos los recuerdos que marcaron sus inicios en la Estación y en Caimital. Rememora que para ese tiempo inicial todavía no habían Tecas en El IREL y que “los bosques de Caimital estaban llenos de caoba, cedro, guatajiro y mijao y que en el suelo pisaba mucho venao, lapa, báquiro y picure, ahora sólo se mira al picure”.
En las copas de los árboles se veían manadas de monos como araguatos, manga Larga y capuchinos o caparros. De las palmas de Caimital recuerda que había mucha Macanilla y Palma Yagua y que hacia los bajiales, abundaba la mapora y el cubarro; que en los bancos crecía la Sarare y en los claros y orillas del bosque, el Corozo.
Al nombrar las plantas
del bosque hace alarde de su clara memoria pues a cada uno de los nombres
vernáculos les añade el nombre genérico aprendido en su contacto con los
botánicos de Mérida, a pesar de que desde hace 25 años no va al bosque en
funciones de baquiano.
Entre chanzas y risas, con su acento sabanero señala a
la teca como tectona, al guatajiro como calicofilo, al mijao como anacardio, recordando a la vez que éste último es
familia del merey y del mango porque todos
pertenecen a la familia anacardiácea, y así va señalando los géneros de cada
mata de su lista particular, como para recordar que él ha sido uno de los
mejores baquianos en esa parte del llano.
Al hablar del “Rastrojo”, un lote de 200 ha contiguas al bosque, que fue donado a la Universidad por el
Instituto Agrario Nacional y anexado al Caimital, nos dice que después de unos cuarenta
años se vuelto un “un bosque tan espeso” que
los estudiantes no pueden distinguirlo del "bosque Caimital viejo".
De este “Rastrojo” recuerda que antes estuvo ocupado por campesinos que trabajaban
la agricultura y la ganadería, entre ellos recuerda a Alejandro Rosales que ahora vive en Jobalito. Rememora también que en ese sector era muy renombrada
la laguna La Marranera porque allí “se conseguía mucha danta y marrano bravo” (báquiros).
Como un hecho curioso trae a su memoria una
anécdota de la época en que las instalaciones de La Granja estuvieron
abandonadas por mucho tiempo, una circunstancia que fue aprovechada por el
dueño de una carnicería a quien llamaban Siciliano, para instalarse de manera
ilegal en estas casonas en las que sacrificaba burros cuya carne vendía como de
res. Su “negocio” funcionó hasta que fue descubierto y apresado por la policía
del estado.
Ahora Patricio Mendoza, ya está jubilado de
sus responsabilidades con la Universidad más no así con las de Jefe de Familia.
Se mantiene ocupado en el cuidado de su casa, más por distracción que por
obligación pues ahora tiene el apoyo de sus numerosos hijos, nietos y bisnietos
quienes los llenan de amor y cariño.
Su bonita casa situada en medio de extensos
patios aparece rodeada de enormes árboles de mamón y mango que la sombrean y la
refrescan y que en época de frutos sirven de pensión para centenares de aves
como loros, pericos, arrendajos, paraulatas, palomas y turupiales, quienes en agradecimiento al sustento recibido, le
llenan los amaneceres y los atardeceres con la algarabía de cantos y silbidos.
Al despedirnos, a través de una copla de su
improvisación, nos dice que en su memoria y en su corazón están vivos sus
instintos de sabanero
“Cuando yo
llego a la plaza
Me pongo a mirá
pal cerro
Me voy a comprá
la carne
Y huesos para
los perros”
Ya, del
otro lado de la cerca de alambre, regreso para recordarle la frase a la que dio
renombre y que desde hace mucho tiempo usamos todos quienes andamos en trabajos
en el campo forestal, una expresión que utilizamos para aceptar un
ofrecimiento, especialmente si éste es "líquido": SI ES SU
GUSTO! (que se pronuncia imitando el acento llanero de Patricio)


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