SOBRE LA FORTALEZA QUE DA EL ENTORNO RURAL
“…y si es que
llueve no hay vía
no hay camino, hay lodazales…”
(Emiro Duque S. Coplas desde el tranquero)
no hay camino, hay lodazales…”
(Emiro Duque S. Coplas desde el tranquero)
![]() |
| Foto tomada de cronicadeguanare.blogspot.com |
Omar Carrero Araque
Baquiano
2016
A mediados
del pasado siglo, muchos caseríos vivían en un aislamiento casi total dentro de
su espacio rural, sin servicios públicos y sin asistencia sanitaria integral.
El contacto diario, en este caso unidireccional, con las ciudades capitales lo
tenían sólo a través de la radio. En mi condición de morador de uno de esos
aislados parajes intentaré revivir aquellos escenarios para mostrar someramente cómo el ambiente urbano nos
ha hecho más vulnerables y dependientes.
Para señalar
las condiciones de vida de ese entonces comenzaré por decir que nuestra casa
seguía las líneas de construcción típica de las viviendas llaneras, con un
techo de palma a “dos aguas”, de alto caballete sobre el envigado montado en
una fuerte horconadura. Las paredes de bahareque lucían blancas gracias al
frecuente encalado. El alumbrado nocturno se lograba de lámparas de fabricación
casera llamadas “Chipolas” que funcionaban con aceite de tártago.
La casa, como
todas las de la comunidad seguía la línea de un Caño que además de suministrar
el agua de uso doméstico, cumplía con las funciones de traslación, baño y
lavadero. En unidades como esta se levantaban las familias, por lo general
numerosas, pues cada núcleo de no dejaba de estar conformado por una docena de
personas.
Estos núcleos se repetían en trechos de aproximadamente dos
kilómetros, aunque esta separación no impedía la vecindad. Allí en esos
conglomerados estaban todos los elementos necesarios para la sobrevivencia: la
alimentación basada en carne y pescado, leche, queso o cuajada, todo acompañado
de arroz, yuca, ocumo, plátanos o topochos; si la situación se ponía difícil es
decir “si la canoa se ponía alta” entonces se recurría a la cacería para
solventar la mengua.
El azúcar se
remplazaba por melao preparado en grupo o “cayapa” por la misma comunidad en
tiempos de molienda. Los niños se criaban a punta de teta, complementando su
alimentación con atoles preparados con leche de vaca, sin temor alguno a la
“intolerancia a la lactosa”. Pese a esas “limitaciones”, “la selección natural”
no apretaba tan fuerte pues eran pocos los “velorios de angelitos”.
Además de la
autosuficiencia en productos de la dieta diaria, se contaba con los
“prestadores de servicios” que ayudaban a la persistencia del grupo: El Jefe de
Aldea o simplemente Aldea, que representaba a la autoridad civil y mantenía el
orden; el Maestro o Maestra, que también hacían las veces de enfermeros o
enfermeras, atendían hasta tercer grado a los jóvenes de “edad escolar”, que
por lo general se iniciaba a los 14 o 16 años.
Existía
además un Ensalmador-Sobandero quien con sus conocimientos "ocultos"
curaba toda clase de afecciones incluyendo las “picadas” de culebras y
alacranes, y con las Sobas, sanaba los males de las Gomas (nódulos) y
Tronchaduras (esguinces); la Partera que atendía la llegada de nuevos miembros
a la comunidad; el Enterrador que se encargaba de enviar los difuntos al más
allá, en un oficio que además de la confección del Cajón, incluía velorios sin
muchos rezos ni llantos, apertura del hoyo y colocación de la cruz.
También
estaban los Vaqueros que hacían los trabajos de llano y los Vegueros que
cultivaban la tierra en las vegas de los ríos, a escala de Subsistencia. Entre
estos vecinos destacaban algunos músicos y cantadores.
En época de
verano, cuando los “Yips” y Camiones podían atravesar la sabana baja, llegaban
también los comerciantes de ganado y los “mercachifles” que traían objetos como
baldes, poncheras, radios, pilas, espejos, telas o medicinas. En este mundo
aparte se vivía feliz sin mucha necesidad de la ciudad.
Los viejos se
morían de viejos sin saber nada de su próstata o de su colesterol, y las
viejas, después de doce partos, morían de viejas sin saber nada de ginecólogos,
psicólogos o gimnasios. Se les decía Tísico a los enfermos de tuberculosis
pulmonar o Cardiacos (así sin acento) a los enfermos del corazón. Cuando una
persona moría inesperadamente, el diagnóstico se encuadraba en la expresión
“murió de repente”.
Las medicinas
más comunes se vinculaban con males más comunes como el “ataque de lombrices”,
contrarrestado con bebedizos de pasota; los catarros para los que se
recomendaba el aceite de Seje o de Cajaro o la manteca de Raya; las heridas que
se trataban aplicando un chorro de alcohol y aceite de Cabima, que en el caso
de los animales, el alcohol se cambiaba por creolina; para las mordeduras de
culebra, además del Ensalme correspondiente, el tratamiento se complementaba
con 30 gotas de Extracto de Curarina, una medicina considerada una panacea pues
se usaba para tratar cualquier tipo de mal como los generados por la picadura
de insectos, fiebres, dolores de oído, de cabeza o de muelas, entre
otros.
Las diarreas
se trataban con pastillas de enterobioformo. Los dolores de cabeza o la
congestión nasal se frenaban con una embadurnada de Mentol. El yodo se aplicaba
sobre los dientes cariados para calmar los dolores, además de la colocación de
cataplasmas de almidón con alcohol sobre los cachetes.
El graso animal empapado en alcohol
curaba los “corrimientos” o inflamación de las encías. Los antibióticos que
eran llamados Combióticos se usaban sólo en caso de heridas graves, en este
caso, las pastillas también podían pulverizarse para aplicarlas en polvo
directamente sobre las heridas. Se recuerda a la Dicristicina como el
combiótico más usado.
Las paperas se trataban con un
apósito de hojas de tártago fritas en aceite, pero, en el caso de los varones,
si el mal ya había “bajado” y estaba afectando a las turmas (testículos), entonces
se colgaba al enfermo por los pies, manteniéndolo así por una hora. Las
fracturas de los huesos se trataban entablillando el miembro afectado o
recubriéndolo con una tira de tela embebida en leche de higuerón mezclada con
cal, la que al secarse adquiría la consistencia de yeso.
Cada tres meses los funcionarios de
la campaña antimalárica, llamados popularmente “los pastilleros o
repartidores”, recorrían los campos a lomo de mula repartiendo pastillas de
Aralén o Quinina; estos pastilleros, que también portaban bombas espalderas,
rociaban DDT en las viviendas para eliminar a los insectos trasmisores de
enfermedades, principalmente a los zancudos.
La conexión con Dios, en el caso de
los católicos se establecía a través de La Virgen del Carmen o de El Señor,
entre los evangélicos. Se invocaba a San Pablo para protegerse de las culebras.
Ahora cuando nos hemos convertido en urbe-dependientes, si vale el término, no podemos vivir alejados de los supermercados, farmacias, gimnasios, acueductos, electricidad, televisión, teléfonos, internet, pero sobre todo de los profesionales de la salud, y como consecuencia colateral, de las farmacias.
Ahora cuando nos hemos convertido en urbe-dependientes, si vale el término, no podemos vivir alejados de los supermercados, farmacias, gimnasios, acueductos, electricidad, televisión, teléfonos, internet, pero sobre todo de los profesionales de la salud, y como consecuencia colateral, de las farmacias.
En el caso de
los profesionales de la medicina nos sentimos tan dependientes de su auxilio
que no podemos concebir la vida sin estos facultativos, mucho de los cuales han
alcanzado tal grado de especialización que ahora podemos tratarnos por separado los males de los huesos, con
especialistas en rodilla, brazo, cadera, hombro, muñeca, mano y codo, en un
insólito despliegue de ciencia que ahora, lejos en el tiempo y cerquita en la
dependencia, se nos hace difícil entender como un curandero de pueblo sanaba a
los quebrados, con tablillas de cubarro y leche de higuerón.
