CUMBRE EN EL ABUELO: UN ASCENSO SOÑADO
Omar Carrero Araque
Baquiano
2018
Fotografías de Luis "Kicke" Gámez
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| EL ABUELO |
No logré precisar si el ruido que oí en ese momento provenía de una
rama al crujir o de mis añejas cervicales obligadas a girar hacia arriba al mirar la cuerda que me habían lanzado desde lo
alto de El Abuelo. Ahora me colocaban el arnés y los estribos que me ayudarían
a remontar el hilo que pendía desde unos 25 metros.
Con la ayuda del arborícola
Alvaro Iglesias pude calzarme estos aparejos y siguiendo sus instrucciones,
empecé a pedalear en el aire con movimientos parecidos a los que se hacen al atravesar
un coñal. Después de las primeras
zancadas agotadoras me sentí suspendido unos tres metros siguiendo la línea de
la plomada y pidiéndola a mi paisana La Coromoto que Wallace Carothers, el
inventor del nylon hubiera hecho bien sus cálculos.
Al salir de mi condición
natural de animal mamífero bípedo y terrestre para convertirme en una especie
de arácnido, pensé en las penurias de Gregorio Samsa, aquél desgraciado hombre
metamorfoseado en escarabajo por Frank Kafka. Tres buches de agua y continúo
con el pedaleo que cada se hace más dificultoso al agotarse la poca energía que
tenía de reserva en los tensores, cuádriceps, aductores y sartorios.
Ya voy por
la tercera estación y siento que será la última pues el esfuerzo, el bamboleo y
el movimiento giratorio me han mareado
al extremo. Ahora quien se me representa en medio del delirio es el grande Muhammad
Alí, a quien en medio de su decadencia, escucho
repetir Stop the fight. La respiración lenta y profunda, repetidas veces me
hizo entender que Carlos Todd estaba en lo cierto cuando nos “sacaba la chicha”
en los cursos de supervivencia.
Una recuperación a medias y los gritos de
aliento, que desde el suelo proferían mis hinchas me convencieron de realizar
un último arranque. Fue así como en un supremo esfuerzo, con la respiración
entrecortada y con una resequedad que comenzaba en la boca y se prolongaba
hasta el cardias, logré asirme de la salvadora mano que desde la horqueta de El
Abuelo, me tendía Coco Guevara. Jadeante
y medio exangüe me senté sobre el promontorio formado por la unión de una de
las ramas principales con el enorme tronco.
Ya más reposado y con la vista más
clara pude ver el panorama que se abría desde esa altura. A lo lejos, a través
de un boquerón del dosel aprecié el límite de la selva y su zona de contacto con los pastizales antrópicos. Unas
remolinantes volutas de polvo indicaban el paso de vehículos rústicos por la
carretera abierta de manera inconsciente en pleno corazón del bosque. Más allá,
una línea sinuosa y refulgente marcaba la vía fluvial del Caparo.
Hacia otro
lado una capa de pencas de palma yagua cubría grandes espacios mientras que más
lejos, numerosas columnas grisáceas señalaban la presencia de la Palma Mapora y
con ello, las áreas de tierras bajas e inundables. Ahora ajusté la vista sobre
la enorme corona de El Abuelo y quedé maravillado por ese mundo que aquí se abría,
un mundo invisible desde el suelo. Insectos de diferentes especies bullen por
millares, casi todos hirientes para los humanos, principalmente hormigas y
avispas, y otros como los lameojos y los pegones que causan más molestia que picor.
También aparecían muchas cucarachas
grandes de alas atornasoladas, lagartijas, arañas y uno que otro alacrán
amarillo.
También una enjambre de orugas almorzaban con hojas de saquisaqui,
las que al parecer son su plato preferido. Sobre las ramas altas se posaban
gavilanes en plan de acechanza, así como
guacamayas y otras muchas aves. Un ruido fuerte y el brusco movimiento de las
hojas de una palma nos alertan sobre el paso de una manada de marimondas,
cuyo caudillo ejecutaba movimientos intimidantes que acompañaba con fuertes gritos.
Haciendo compañía a estas criaturas aparecen innumerables plantas que forman
tapices sobre las ramas, sobre todo en aquellos lugares en los que ha habido
acumulación de materia orgánica y humedad. Son comunes y muy abundantes, las
orquídeas, las bromelias y las cactáceas como la pitajaya o la flor de novia; y
que no decir de los musgos y los líquenes que prácticamente recubren toda la
superficie de las ramas, principalmente las menos expuestas a la radiación
solar. Se observa también mucho excremento de los murciélagos que hacen visitas
a las flores del saquisaqui, unas flores grandes blanco-rosadas con muchos
estambres.
Para terminar se debe señalar el anclaje que los gruesos bejucos asientan
sobre las ramas, especialmente en aquellos puntos horqueteados, a los que
llegan trepando por los tallos de otras plantas. Estando aquí arriba se comprende
que ese tono salpicado que se observa en la corona de El Abuelo al apreciarla desde
el suelo, en tiempo de floración, es el resultado de matizar los colores de
todas las flores y las hojas que se hallan sobre la plataforma de ramas de este
venerable árbol.

