En esta reseña se destacan las vivencias de un viaje
realizado a Riecito, un rincón de la altillanura apureña mojado por el
Capanaparo, asiento de los Yaruros o Pumé.
Las conversaciones sostenidas con Hateros, permitió rememorar
experiencias de ese llano primitivo que sólo queda en la recordación y en la
nostalgia de los llaneros que fueron.
BARRANCOS DE GUAMO CHIGUO:
Tierras de la altillanura
Omar Carrero Araque
Baquiano
2012
| El Caribe en foto de Kicke Gámez |
La cruda brasa solar se abatía sobre el embarcadero de
El Caribe convirtiendo a las revueltas aguas de aquel caño en una fuente de
reverberación. El Caribe al desprenderse del Arauca sirve de comunicante entre
el vibrador río de los criollos y el Capanaparo de los Pumé. El esplendor del
firmamento, indiciaba que el frente intertropical en su viaje al sur, ya había
dejado atrás al séptimo paralelo.
En ese punto de El Caribe emprendimos el
viaje hacia el Este, el rumbo de los grandes ríos que llegan a la cuenca del
Apure desde la montaña andina, en busca de la Boca del Tronador y de las
fundaciones de El Merey, costeras del Riecito. La marcha a media máquina
exigida por las características del caño puso a prueba la pericia de Joan, el
motorista, para esquivar carameras y buscar recovecos que acortaran la
distancia.
Una vez en el Capanaparo, dada la profundidad del cauce y los largos
tendíos del río, pudieron soltarse los 75 caballos del Yamaha, dando al viaje
la sensación de un vuelo, pues la lancha apenas rozaba la corriente como las
gaviotas que a flor de agua nos acompañaban, rayando el espejo. De trecho en
trecho un pequeño oleaje se asomaba en la superficie haciendo las veces de
saltanejas que perturbaban la quietud de la barca. Profundos barrancos de lado y
lado encajonan al río, dejando ver en su perfil la señal del movimiento de las
aguas, así como decenas de agujeros en sus paredes que sirven de hogar a las
Matracas.
Centenares de Chiguos bordean el río como observando la procesión de
la espuma, aunque en muchísimos trechos, esta tupida cortina arbórea ha dado
paso a chaparrales y pajales gracias a los desaciertos del hombre. A diferencia
de lo que ocurre en el llano de aluviones, pocas aves se observan en las
riberas de este río, pues sólo algunas Garzas Reales y Morenas se dejan ver en
calmoso vuelo, espantadas por el ruido del fuera e´borda. Por el contrario, se
destaca la cantidad de Águilas pescadoras que cruzan el afluente en arrogante
vuelo, un hecho que comprueba la riqueza pesquera del río.
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| La conjunción de las aguas |
Al paso del tiempo,
cuando ya el reloj señalaba las cuatro horas de viaje, llegamos al sitio de
encuentro de dos ríos; un punto marcado por el tono bicolor del agua, que por
un trecho se niega a mezclar el negro guayanés del Riecito y el pardo aluvión
del Capanaparo.
De allí en adelante comenzamos el remonte cambiando de rumbo
hacia el oeste para enfrentarnos al
resplandor de un sol bajante que crea bonitos matices al conjugar luces y
sombras que se reflejan en el espejo de agua. El viaje riecitero deja ver que la
barrera vegetal bordera del cauce ahora luce más compacta y prístina pues quizá
la lejanía de los centro poblados, mengua el impacto del hombre en el medio.
Una
hora después aparecen, entre médanos y sabana, las casas del fundo que hará las
veces de posada. Frente al tranquero nos recibe Don Erasmo García, el
propietario, quien afablemente nos abre las puertas de su casa y presentándonos
a su familia y al equipo que brega junto a él en esas soledades, entre quienes
destaca el baquiano Arturo Nieves. Dos casas conforman la morada: una de
reciente construcción con amplios corredores en derredor y grandes patios con
bien cuidados jardines que asoman la mano y el cariño de Doña Carmen.
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| En libertad condicional |
La otra
casa, de antigua data, alberga la cocina, el comedor y la despensa. Árboles
frutales sombrean los patios y decenas de gallinas, patos y pavos se pasean en
sus vecindades. Tres grandes perros cuya bravura es contenida por un pesado
trozo de madera atado a su cuello con una larga cadena se mueven
amenazadoramente a nuestro lado. Un poco más allá está la caballeriza
construida recientemente con techo de zinc y gruesos horcones de Congrio. Los
corrales de tubos ocultos dentro del anticorrosivo bordean el establo.
Numerosas reses pastan en los potreros, casi todas del color blanquecino propio
del ganado mestizo que ha desplazado al criollo llanero. Esta uniformidad en el
color del ganado hace pensar que algunos términos del léxico llanero como
sardo, barcino, barroso o lebruno, definitorios del color del ganado, sólo
quedarán en las letras de los joropos.
Erasmo
es un llanero zamarro que conoce bien “el trabajo de llano” porque en su
juventud fue hombre de toro, soga y caballo. Ahora, cuando ya monta la sexta
década, la visión de una “gaza” colgada de un garabato le abre la puerta de los
recuerdos para soltar una especie de “preliminar” con el que da inicio a sus
historias: “Esta era la gaza que usaba
cuando yo era llanero”, dejando ver con esta expresión que la condición
de llanero se define más por un oficio y no por un gentilicio, es decir por el
sólo hecho de haber nacido en el llano.
Su vista pasa por encima de la última
vara del tranquero para mirar la lejanía y desde allí, desempolvando recuerdos,
acota que antes para traer el ganado cimarrón a los corrales se contrataban
vaqueros diestros con el lazo y se les daba unos 2 ó 3 caballos por vaquero,
unos freneros y otros potrones. El trabajo comenzaba en la madrugada, entre
tres y cuatro, cuando después del pocillo de café y habiendo llenado las
alforjas de panela, queso y agua, se salía a recoger el ganado que estaba
disperso en la anchura de la sabana sin cercas o escondido entre las Matas o
los Cachales.
Una vez reunida la manada se dejaba descansar para ejecutar el
Ojeo, es decir, para separar a ojo a los animales de acuerdo a ciertas
particularidades o fines específicos: cimarrones, rencos, vacas paridas,
mautes, becerros o reses flacas o chifles. Otras veces con el ojeo se separaban
los ganados de los hatos vecinos una vez que las reses amadrinadas habían sido
reconocidas por sus dueños. Después se seleccionaba a “la tripulación”
encargada de arriar las manadas hasta los corrales:
La tripulación se dividía
en dos grupos, destacando a una mitad por un lado y la otra mitad por el otro,
hasta rodear completamente al rebaño. Se asignaban los puestos de los vaqueros
en función de su destreza y veteranía; así se tenía que el Cabrestero iba
delante de los madrineros (animales mansos que se habían traído del hato, ya
conocedores del camino hacia los corrales y que se dejaban guiar sin
problemas), este Cabrestero con cantos y silbos era quien guiaba la Punta;
inmediatamente después se colocaban los Punteros y Traspunteros encargados de
evitar que el ganado se dispersara hacia los lados, y por último los Culateros,
quienes mediante gritos y acosos se encargaban de arriar el ganado. El Caporal
de sabana era por lo general el dueño o el encargado del hato.
Cuando algún
toro matrero se les desgaritaba, de inmediato partían los punteros o los
traspunteros, que lo perseguían a toda carrera para enlazarlo; el primer
vaquero le ponía un “cachimuela” y el segundo con un lazo más abierto le
enlazaba desde el lomo hasta la cruz. Si pelaban el lazo le caían a la mota
para colearlo. A veces era necesario narizearlo y destoconarlo para dominarlo
más fácilmente y llevarlo de arrebiate hasta los corrales. Una vez que el
rebaño llegaba a los corrales, se prendía un candelorio para calentar los
hierros para el herraje.
Los animales se enlazaban y se pegaban al botalón para
inmovilizarlos mediante el “guayuqueo o verijeo” pasándole la cola entre los
chíscanos traseros para que no pudieran levantarse. Una vez tumbado y maneado,
el animal se herraba, se marcaba en las orejas y, en el caso de los toros, se
capaban.
Las
bestias cerreras se trabajaban con una pareja de 4 amansadores (en este caso
“pareja” tiene el significado de equipo) y por lo general para estos trabajos
se contrataban 3 parejas. Cada una de éstas debía “Pegar” 20 caballos cada día,
escogiéndose el tiempo de menguante para realizar dicho trabajo. El tiempo de
amansamiento podía durar hasta tres meses porque cada una de sus etapas “se llevaba con calma y no como ahora que se
quiere amansar un potro en una semana”. Al potro, una vez “sueltiao”,
primeramente se le ponía el tapaojo, el bozal, un cabresto resistente y por
último, la “tereca” bien ajustada.
Para iniciar la doma se le quitaban las
sueltas y se le levantaba el tapaojo dándose paso así a la fuerte lucha del
potro por librarse del inusual peso que ahora sentía sobre sus lomos. La lucha
se manifestaba con violentos saltos hacia adelante, fuertes corcovos y patadas
al aire. A estos potros en proceso de amansamiento no se les podía poner frenos
ni puyar con las espuelas.
En vez del freno se usaba el Barbiquejo, que es un
bozal rústico hecho con cabuya resistente que se mantiene por largo tiempo,
hasta que se considere que el potro esté bien domado y haya mostrado obediencia
por la cabeza. Después se le monta un freno suave para que vaya habituándose a
cargar peso en la boca, y por último se monta el freno verdadero que en Apure
era preferiblemente del tipo mantecaleño.
Después
del amansamiento de las bestias y del ganado se realizaban los negocios con los
compradores, que por lo general era gente que bajaba de la serranía andina atravesando
la legendaria montaña de San Camilo. Un comprador que se hizo muy nombrado fue
Francisco García Camacho, más conocido como “el Guate García”, quien cargado de
morocotas bajaba del cerro acompañado de su hombre de confianza o “edecán”
llamado Trinidad Castro. Las ventas del ganado se hacían únicamente en mayo y
en diciembre y se pagaban en moneda efectiva.
Ahora,
dice el hatero, esto se acabó porque a nadie le gusta arriar ganado, las jaulas
o camiones ganaderos llegan hasta la puerta de los hatos. Las cercas, además de
dividir las propiedades, sirven para mantener el ganado recogido y así ya no
hace falta su búsqueda en la sabana abierta. Las reses, una vez en los
corrales, se pasan por el brete y allí, sin botalón ni nada, se inmovilizan
para herrarlas, vacunarlas, desparasitarlas, destoconarlas, marcarlas o
caparlas.
Ahora el ganado se vende en cualquier época del año. Por estos
cambios drásticos en las costumbres llaneras, señala que “el llano se murió”.
Actualmente
muchas de estas experiencias se mantienen vivas gracias a los cantadores que en
sus joropos o pasajes rememoran tiempos idos. Tal es el caso de Ángel Custodio
Loyola en Las Vaquerías (o Faenas llaneras) y Jorge Guerrero en Al café y a los caballos. Sólo falta
saber si los escuchas entienden las expresiones llaneras manifiestas en las
canciones.
En
el viaje de regreso a Elorza sentíamos que la barca venía mucho más pesada no
sólo con el fardo de información sobre paisajes, plantas e insectos recogida en
Riecito para la agenda ambiental que The
Nature Conservancy (TNC), ejecuta para el Municipio, sino también con la
carga de historia oral de los llaneros que fueron!
Hato El Merey (Riecito-estado Apure)
Vocabulario
Cachal (Matorral enmarañado dominado por árboles de
Cacho)
Cachimuela (Lazo que cae sobre un cacho y media
quijada)
Capar (Castrar)
Carameras (Grupo de troncos arrancados por las
corrientes y apilados en el lecho del río)
Chifles (Reses muy flacas)
Chiguos (Nombre vulgar de los árboles pertenecientes a
varias especies botánicas del Género Campsiandra)
Chíscanos (Hueso largo de las extremidades y por
extensión, las patas de las reses. (De chicano)
Cimarrón (Res bravía o montaraz. Cimarrón es también
un “golpe” de arpa)
Desgaritarse (escaparse, irse hacia los lados)
Destoconar (Rebajar los pitones de los toros)
Frenero (Caballo que responde bien al movimiento del
freno)
Freno mantecaleño (Freno artesanal construido en
Mantecal utilizando el hierro del eje de motores fuera de borda en desuso)
Gaza (Artificio que permite liberar desde lejos el
amarre de una res embravecida o mañaosa)
Guate (Término empleado en el llano occidental para
designar a los andinos venezolanos o colombianos)
Guayuqueo o verijeo (Artimaña que consiste en pasar la
cola de la res entre las patas traseras, es decir entre las verijas para evitar
que esta se levante)
Madrineros (Toros mansos que se ubican delante de las
manadas cerreras a fin de conducirlas más fácilmente hacia los corrales)
Mota (la borla del rabo)
Narizear (Perforar la nariz de la res cerril para
atarla y poder conducirla dócilmente)
Ojeo (Acción mediante la cual los llaneros separan a
ojo las reses de una manada de acuerdo a ciertas características)
Pegar (Enlazar caballos salvajes y llevarlos hasta los
corrales)
Potrones (Potros jóvenes que aún no responder bien al
freno)
Rencos (Animales con lesiones en los chíscanos)
Suelta (Especie de manea. Se
coloca en los cuartos anterior y posterior de los caballos)
Sueltiao (se refiere a la bestia inmovilizada a medias
con suelta o manea)
Tendío (trecho bastante largo en el curso de los ríos
encajonados, libres de meandros)
Tereca (Silla de montar rústica. El nombre es una
corrupción de Terecay, un quelonio similar al Galápago, como también se suele
llamar a estas sillas)

