Haber formado parte de la naturaleza agreste del
campo venezolano durante más de cuarenta años, sin duda que deja marcas por las
experiencias habidas, diversas de ellas presentes a través de historias, anécdotas,
cuentos o leyendas. De esas tantas historias vividas en estas cuatro décadas de
monte, se han escogido algunas de las más sonadas para que se mantengan vivas
en el tiempo, ahora que muchas de éstas ya están huérfanas de sus
protagonistas.
CUENTOS DE CAMPAMENTO: YO NO ME LLAMO MARCELINO!
Omar Carrero Araque
Baquiano
2010
En las proximidades del Campamento
Cachicamo, centro de operaciones de la Estación Experimental de la Reserva
Forestal Caparo, desde hace varias décadas habita una familia de larga prole,
en la que Marquitos, que se así se llama el Jefe de esta familia, solía
endilgarle un remoquete a cada uno de sus hijos apenas nacía, un apodo que a
fuerza de su uso terminaba por remplazar al verdadero nombre de la criatura.
Así el mismo día que apareció en escena un catirito, tal vez el quinto de la serie, fue “bautizado” como Morroco por su imaginativo padre. Ahora Morroco es un hombre de trabajo bien reconocido en la zona pero todavía recuerda que cuando comenzó su escolaridad en la escuelita que la ULA y la Alcaldía del municipio mantenían en Cachicamo, se llevó la sorpresa de su vida al darse cuenta que la misma Maestra le había puesto un sobrenombre que lo avergonzaba ante sus compañeritos, por lo que de buenas a primeras decidió “jubilarse” de las clases.
Recuerda como religiosamente salía de su casa, unas veces chapaleando el barro y otras tragándose el polvero, según los tiempos climáticos que tuviera enfrente, pero que nunca llegaba al salón porque imitando a Juan Parao cogía para otro lado.
Estas ausencias repetidas del nuevo alumno causaron extrañeza a su Maestra quien de inmediato puso al tanto a sus padres de la situación irregular a la vez que les señalaba la obligación que tenían de enviar al niño a la escuela.
Esta noticia extrañó a su madre pues sabía que su hijo salía todos los días a la hora convenida, con su respectivo avío y no entendía porque no asistía a la clase, preocupándose más aun, porque no sabía que hacia su hijo en las cuatro horas del turno mañanero. Este hecho conllevó a que al día siguiente se efectuase un sigiloso seguimiento con el que se pretendía develar el misterio de sus ausencias cotidianas.
En efecto, Morroco al salir de su casa caminaba una media cuadra en la dirección correcta antes de desviarse hacia un bosquecito de guamos que reverdecía a la orilla del caño, en donde permanecía escondido hasta que la gritería de los otros niños le indicaba que ya habían terminado las clases.
Tras el interrogatorio de rigor para averiguar la causa de tan extraño comportamiento, el niño entre sollozos confesó que no entraba a la clase porque su Maestra se burlaba de él ya que le había puesto un sobrenombre por el que todos sus compañeros lo identificaban ahora y que eso le causaba mucha vergüenza.
El reclamo a la Maestra no se hizo esperar quien mostró asombro ante tal acusación y negó toda inculpación.
El niño ahora envalentonado por la presencia de sus padres le dijo a la educadora que por culpa de ella ahora todos lo llamaban Marcelino, cuando todos en su entorno sabían muy bien que su verdadero nombre era Morroco!!!
Así el mismo día que apareció en escena un catirito, tal vez el quinto de la serie, fue “bautizado” como Morroco por su imaginativo padre. Ahora Morroco es un hombre de trabajo bien reconocido en la zona pero todavía recuerda que cuando comenzó su escolaridad en la escuelita que la ULA y la Alcaldía del municipio mantenían en Cachicamo, se llevó la sorpresa de su vida al darse cuenta que la misma Maestra le había puesto un sobrenombre que lo avergonzaba ante sus compañeritos, por lo que de buenas a primeras decidió “jubilarse” de las clases.
Recuerda como religiosamente salía de su casa, unas veces chapaleando el barro y otras tragándose el polvero, según los tiempos climáticos que tuviera enfrente, pero que nunca llegaba al salón porque imitando a Juan Parao cogía para otro lado.
Estas ausencias repetidas del nuevo alumno causaron extrañeza a su Maestra quien de inmediato puso al tanto a sus padres de la situación irregular a la vez que les señalaba la obligación que tenían de enviar al niño a la escuela.
Esta noticia extrañó a su madre pues sabía que su hijo salía todos los días a la hora convenida, con su respectivo avío y no entendía porque no asistía a la clase, preocupándose más aun, porque no sabía que hacia su hijo en las cuatro horas del turno mañanero. Este hecho conllevó a que al día siguiente se efectuase un sigiloso seguimiento con el que se pretendía develar el misterio de sus ausencias cotidianas.
En efecto, Morroco al salir de su casa caminaba una media cuadra en la dirección correcta antes de desviarse hacia un bosquecito de guamos que reverdecía a la orilla del caño, en donde permanecía escondido hasta que la gritería de los otros niños le indicaba que ya habían terminado las clases.
Tras el interrogatorio de rigor para averiguar la causa de tan extraño comportamiento, el niño entre sollozos confesó que no entraba a la clase porque su Maestra se burlaba de él ya que le había puesto un sobrenombre por el que todos sus compañeros lo identificaban ahora y que eso le causaba mucha vergüenza.
El reclamo a la Maestra no se hizo esperar quien mostró asombro ante tal acusación y negó toda inculpación.
El niño ahora envalentonado por la presencia de sus padres le dijo a la educadora que por culpa de ella ahora todos lo llamaban Marcelino, cuando todos en su entorno sabían muy bien que su verdadero nombre era Morroco!!!

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