La acción del hombre en el aprovechamiento de los recursos que le ofrece la naturaleza, con más tendencia a la destrucción que al manejo racional, parece alejar su imagen y su semejanza con la del Dios que lo creó en ese propósito
EL ÁRBOL: IMAGEN Y SEMEJANZA
Omar
Carrero Araque
Baquiano
2016
Sí abrimos la Biblia en la
Sección correspondiente al Antiguo Testamento podremos leer en Libro de
Génesis, el pasaje sobre la Creación del Hombre: “Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra, para que domine a los
peces del mar, y a las aves del cielo, y a los ganados y todas las bestias de
la tierra, y a todo reptil que se mueva sobre la tierra” (Génesis 1: 26).
Dios
formó entonces al hombre del polvo y le dio vida de su propio mismo aliento (Génesis
2:7) en una acción que explica la salvedad de la que goza el hombre de ser el
único ser, entre toda la creación, que tiene cuerpo y espíritu.
Unos 50.000
años después de este evento, según los cálculos efectuados por apologistas
cristianos (1), al ver el
comportamiento del hombre frente a la naturaleza se nos antoja que esta
criatura llamada Hombre, por su proceder, está lejos de ganarse la mejor
calificación en la obra de la Creación, tal como nos lo han enseñado.
A menos que Dios quiera destruir la tierra mediante el obrar de
este Hombre, su comportamiento no es comprensible cuando vemos que con su
ejercicio cotidiano envenena los suelos, las aguas y el aire, devasta la
vegetación y mata a los animales de la tierra incluyendo a los de su propia
especie. Se entiende que actos como estos alejan largamente al hombre de
la imagen y semejanza que tenemos de Dios, en base a la cual fue creado.
Ante estas consideraciones se pudiera pensar en necesidad de buscar a
Dios en otros seres de la creación, unos seres que lo reflejen más idóneamente.
En esta búsqueda, tal vez sesgado por mi carga forestal, me atrevo a pensar en
el ÁRBOL como la imagen del Dios Verdadero, apoyándome en las bondades que
derrama este máximo ente vegetal, que lo hacen infinitamente bueno y
prodigioso.
Se sabe por la historia sagrada que el Todopoderoso dio vida a una
figura de barro con forma humana al soplarle de su propio aliento. En
este mundo, quién si no el ÁRBOL, en admirable semejanza nos sopla vida
con su hálito? Bien sabemos que sí nos falta el aire, es decir el soplo que nos
da el ÁRBOL, volveremos irremediablemente a la inánime condición de barro o de
polvo.
Se conoce ampliamente que es el ÁRBOL el único ser que puede duplicar
el milagro del Maná, un milagro manifiesto en la sorprendente conversión de un
rayo de luz enviado desde el cielo, en el Pan Nuestro de cada día. Este
prodigio sirve además para dejar en claro su extrema bondad cuando comparte su
manufactura con todos los animales, un acto con el que está acatando la
orden divina de “dar de comer al hambriento”.
Puede señalarse también que así como a Dios se le califica de inmortal (Timoteo 1:17) (4), existen
algunas especies arbóreas como Sequoia sempervirens (Sequoya) y Pinus
longaeva (Pino longevo) que podrían ser calificadas como tales, dada su
longevidad, pues logran vivir hasta los 5.000 años, de manera que ante el
hombre, el Árbol como tal pudiera hacer alarde del Don de “inmortalidad”
Otras semejanzas con el Dios de los Cielos se manifiestan cuando el
árbol logra la purificación de las aguas en un hecho que le permitiría
parafrasear al Señor diciendo “He purificado esta aguas; de allí no saldrá más
muerte ni esterilidad”; o como cuando a través de la interconexión de sus
raíces se prestan ayuda mutua y desinteresada en pos de la sobrevivencia
(5), para acatar así con el mandato de “amaos los unos a los otros” .
Por último, el ÁRBOL a imagen y semejanza del Dios Creador cumple
cabalmente con la disposición inserta en el 1:26 del Génesis: “Fructificad
y multiplicaos; llenad la tierra y sometedla; ejerced potestad sobre los peces
del mar, las aves de los cielos, y todas las bestias que se mueven sobre la
tierra”.
Sin duda, el
ÁRBOL fructifica pródigamente y se multiplica en todos los espacios de la
tierra por extremos que estos sean, ejerciendo dominio sobre todos los animales
a través de su poder regulador y benéfico sobre el agua y sobre los suelos, que
son los elementos básicos para que se dé la multiplicación de los panes y,
sobre el aire que purifica para hacer posible el esencial aliento.
En este
contexto se recuerda la presencia de dos árboles plantados en El Edén, cuyo
usufructo por el Hombre fue expresamente prohibido. El primero de ellos, EL
ÁRBOL DEL CONOCIMIENTO conllevó al desalojo de Paraíso de “nuestros primeros
padres” al desacatar éstos, las expresas órdenes divinas. Está escrito
que la comentada expulsión obedeció a la necesidad de evitar que esta pareja de
desobedientes comieran del segundo árbol, llamado ÁRBOL DE LA VIDA, porque
entonces se igualarían a Dios (2), en una clara referencia a la analogía
Dios-Árbol.
En
conclusión podría señalarse que, concebir al árbol cómo la imagen y semejanza
de Dios, después de ver tantas señas claras, no parece desatinado. Piénsese que
si el Árbol y todos sus parientes vegetales desaparecieran de este planeta,
irremediablemente al Homo sapiens se le iría la vida en un soplo!
Ocurriría lo
mismo con el reino Plantae si todos los humanos desapareciéramos de la
faz de la tierra?

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por opinar