LAS VAINAS DE LA ESTADÍSTICA
Micro-organismos del suelo
Foto tomada de: Biosuelo.blogspot.com
Omar Carrero Araque
Baquiano
2006
El
primero de mayo de 1988 como honrando el día del trabajador, me encontraba
trajinando en la montaña de Caparo en compañía de mi hermano José “Coco”
Guevara y mi colega Joseíto Fernández, recogiendo ramas como los baquianos
llamaban a las “muestras botánicas”.
Para aprovechar la estada en la Estación y
atendiendo a mi preocupación por la falta de registros sobre los
micro-organismos del suelo, me propuse a colectar algunas muestras
siguiendo las instrucciones que los especialistas en la materia me habían
enseñado antes del viaje. Así que armado de una cuadrícula de madera de 40 cm x
40 cm, que lanzaba hacia a ciegas hacia atrás como para burlarme
del sesgo, inicie la colecta.
Esta acción la realizaba cuatro veces en
cada una de las unidades de muestreo seleccionadas, que incluían cuatro tipos
de bosque, los que se duplicaban al separarlos en naturales e intervenidos. Al
final del trabajo tenía, además de la satisfacción, varios kilos de tierra con
su respectivo cargamento de congorochos, empaquetada y etiquetada en treinta y
dos bolsas plásticas que guardaban lo que considerábamos importante información
entomológica.
Al final del trabajo teníamos, además de la satisfacción, varios
kilos de tierra con su respectivo cargamento de congorochos, empaquetada y
etiquetadas en treinta y dos bolsas plásticas que encerraban novedosos
conocimientos entomológicos!
Vale señalar aquí que ese primero de mayo pudo
haber sido el último para mí, pues en el intento de tomar la última
muestra del suelo en el Casildal, casi le toco los
colmillos a una mapanare negra que tenía su nido justamente debajo de la
cuadrícula seleccionada, a la que había herido ligeramente con el
barretón. En un primer intento, como para aligerar la acción, quise arrancar el
terrón con la mano, acción que contuve en el último segundo quizá recordando
las advertencias de la Señorita Beatriz, mi primera Maestra, quien iniciaba las
clases de primer grado en un bosquecito de galería de un caño que bordeaba la
escuela.
Una vez
en Mérida llevé las muestras al laboratorio respectivo en donde me enseñaron a
utilizar el embudo de separación, un aparato que aprovechando el rechazo que
los bichos del suelo sienten por la luz, los obliga a buscar refugio en la
fondo sin saber que allí los espera una botella con alcohol. Día a día iban
cayendo centenares de animalitos al líquido letal en donde se acumulaban a la
espera que los especialistas comenzaran la identificación que llevaría a
la obtención de un primer listado de los moradores del suelo de Caparo.
Así,
día a día, pasaba por el laboratorio para ver como crecía en el número de
animalitos “embalsamados”, hasta que en una de estas visitas, para mi alegría
vi que ya no estaban las muestras de suelo, ni el embudo separador, ni
esas pimpinas de vidrio que llaman matraz. Imaginé ahora las paredes de
la Estación Experimental de Caparo recubiertas con láminas de yesca portadoras
de esos congorochos, ahora atravesados con un alfiler e identificados con
una mini-etiqueta que les daría caché con sus nombres de alcurnia: collembola,
isopoda, thysanura, etc.
Busqué a
uno de mis amigos entomólogos para que me enseñara la colección, pero al
instante me apagó el regocijo al decirme que las muestras las habían botado por
órdenes de una investigadora venida de la tierra de los lores
quien para el momento cumplía una pasantía en el laboratorio, pues ella había
considerado “que la toma de esas muestras no respondía a ningún diseño
estadístico”!
El nombre de la doctora más nunca lo olvidé porque éste, en su
versión femenina, la hacía tocaya del famoso mimo de Luces de la Ciudad y
Candilejas, al que seguramente su madre (sin ninguna triple intención de
recordársela), como buena inglesa admiraba a rabiar.

