LA HUELLA DE NICOLÁS
GARCÍA
(1937-2017)
Omar Carrero
Araque
Baquiano
2017
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| Foto cedida por sus hijos y reproducida por Elides Sulbaránr |
“El bosque guarda muchos secretos. Volver
a él, es volver a ser. Ser desnudo, sin apellidos. Ser inmenso, eterno en
toda su pequeñez”
(Henry D. Thoreau
(1817-1862)
El nombre de Nicolás García resuena en el mundo
forestal venezolano desde hace varias décadas gracias al esfuerzo y al ahínco
que este meritorio personaje impuso de manera extraordinaria en la faena diaria, no sólo en el campo o en el laboratorio sino también
en las aulas, desde las que impartió valiosos conocimientos e inestimables ejemplos.
Nicolás había nacido en Valencia, en el estado Carabobo, allá por el lejano año
de 1937. Sus primeros tiempos los pasó en la entonces apacible ciudad del
“cantar y florecer”, desde donde partía en excursiones hacia las playas vecinas
del mar caribe o de la laguna de Valencia o hacia las verdes y colinosas campiñas que bordeaban
la ciudad. Fueron estos contactos campestres los que le crearon el ferviente amor
por la naturaleza que le marcó la vida.
En 1953 tras haber cumplido los 16 años
de edad y después de haber completado la primera fase de sus estudios que le
permitió obtener el Diploma de Suficiencia del Sexto Grado, se matriculó en
recién creada Escuela de Capacitación Forestal (ESCAFOR) con sede en El
Junquito. Allí permaneció un tiempo antes de que la Escuela fuera adscrita a la
Facultad de Ciencias Forestales y mudada a la ciudad de Mérida.
En su etapa
merideña Nicolás participó en la construcción de la sede de la Escuela en La
Mucuy, en la misma falda del Parque Nacional Sierra Nevada. Para ayudar en esta
construcción los estudiantes debieron convertirse en obreros puesto que, a la
par que recibían las lecciones formadoras, tenían que transportar a lomo desde
Mucunután los materiales necesarios para la obra. También participaron en la
apertura y en la nivelación de la Pica que une a La Mucuy con la Laguna Coromoto, situada a 3.000
metros sobre el nivel del mar y a unos 15 kilómetros de distancia.
El 30 de
Junio de 1956, apenas a dos días de haber cumplido los 19 años de edad recibe
el título de Perito Forestal, junto a otros ocho compañeros que integraron la
Promoción Nº 9, apadrinada por uno de sus Profesores, el Dr. Francisco Tamayo.
El título fue entregado por el Doctor Joaquín Mármol Luzardo, Rector de la ULA, en un acto en el que
también participó el Ingeniero Forestal y Profesor Carlos Liscano, Director de
la Escuela de Capacitación Forestal.
Su vida profesional comienza en la
Dirección de Recursos del Ministerio de Agricultura y Cría desde donde
participó activamente en los trabajos de campo que se ejecutaron en Guayana
dentro del convenio MAC-FAO Venezuela 5, principalmente en los trabajos del
inventario forestal en los que estuvo codo a codo con el investigador francés
Bernard Rollé.
En sus vivencias guayanesas se destaca el acercamiento que tuvo
con el personal del Proyecto, especialmente con sus compañeros de campo. Entre
estos vale señalar la entrañable amistad que lo unió a Don Balbino Rodríguez,
el Baquiano Mayor de Guayana, una amistad que terminó en una relación de
compadrazgo. Después de Guayana compartió responsabilidades en la empresa
privada, especialmente en la consultora OTEPI.
En esta empresa conoció al
Profesor Noel Ogaya quien, a comienzos de Abril del 72, lo animó a venirse al Instituto de
Silvicultura-ULA. En esta Dependencia se incorpora a la Sección de Ordenamiento
Forestal, dirigida por el Profesor Jean Pierre Veillon para completar un cuadro
profesional conformado por Noel Ogaya, Víctor Konrad, Ednodio Quintero, Rafael
Milano, Julio Serrano y Alí D’ Jesús.
Desde su ingreso al Instituto de
Silvicultura, Nicolás mostró no sólo su capacidad profesional sino además, su inestimable
don de la amistad. En lo profesional llevó a cabo una destacable trayectoria
como técnico y como docente en el área
de Biometría, mostrando también sus dotes de gerente y organizador de
actividades de campo.
Sus esfuerzos fueron recompensados al ser designado como
el primer Director de la Escuela de Capacitación Forestal con rango de Perito
Forestal, pues este importante cargo había estado reservado para Ingenieros. En
la Dirección de la Escuela estuvo desde mayo del 78 hasta Febrero del 79.
En
Diciembre de 1981, como un merecido reconocimiento a su labor docente, los
integrantes de la 32ava Promoción de Peritos Forestales lo
designaron Padrino. Se mantuvo en la
Universidad hasta el momento de
su jubilación ocurrida en Enero de 1990, después de largos años de una fructífera
carrera y logros profesionales que compartió entre la docencia, investigación y
la administración.
A lo largo de su vida, Nicolás mantuvo una
relación casi enfermiza con los libros, un hecho que lo elevó a esa categoría
popular de Lector Empedernido, que bien pudo ser validada por autores como
Carlos Castañeda, uno escogido entre centenares. La lectura le dio una enorme
capacidad para el diálogo y el análisis.
Departir con Nicolás resultaba una agradable experiencia porque además de
ser buen oidor tenía la facultad de discernir y resolver lo que aunado a su vasto
conocimiento le daba autoridad para aconsejar o dar lecciones de vida. Tal vez
esta necesidad de lectura y de interpretación y asimilación, lo condujo al
“ermitañismo” en cuyas entrañas quizá pensaba encontrar el camino conducente
hacia la compenetración y la paz interior.
Su decisión de vivir prácticamente solo lo llevó
a adquirir una bonita y aislada cabaña en El Suárez, al borde de la carretera
que conduce a La Carbonera. Aunque sería arriesgado decir que Nicolás vivió
solo, pues el no tener contacto frecuente con otras personas, no necesariamente
significa soledad. Con él convivió y le hizo compañía su fiel amigo Orejón, un
extraordinario Terranova gris que lo llenó de cariño, mimos y saliva. Además lo
acompañaban las macetas de Hortensias, las Fresas-Mora, los Mujíes, los
Laureles, las Palmas de Cera y los Chachafrutos, que sobresalen en la exuberante colcha vegetal que rodea la
casita y, al fondo, el perfil de la selva nublada, difuso en medio del velo
neblinoso.
En este vergel nicolasiano, se sentía también en Categoría Profusa,
la presencia de esos seres alados como los Ángeles, que lo visitaban con
frecuencia para romperle el silencio con sus armoniosos trinos. También cabe
destacar la visión de sus centenares de “amigos” de tinta y papel que tapizaban las paredes en
rústicos anaqueles y con los que a menudo entabla fructíferas “conversaciones”.
Sin duda fueron estas “conversaciones” las que empujaron a Nicolás hacia la
búsqueda de la Flor de Loto, el símbolo
de la felicidad que se alcanza al apartar el sufrimiento, según la
filosofía expuesta por el Maestro
Siddharta Gautama.
Para finalizar señalaremos que para el momento
de mi última conversa con Nicolás, el segundo viernes de febrero de este mismo
año, vimos a un Nicolás añoso que ya bordeaba la octava decena, con algunos de
los sentidos menguados, sin que esto fuera motivo para hacerle perder el
erguimiento y la voluntad que siempre lo mantuvieron por encima de las
circunstancias y que lo llevaron a ser considerado como un “hombre de consulta”
o Maestro, de esos pocos que logran asentarse en la cúspide de la
pirámide.
Doce días
después de aquella tertulia, Nicolás se
despidió de este mundo con la felicidad
que le dio su acercamiento a la Flor de Loto, trasmutada esta vez en las muchas
flores que llegaron al camposanto de El Chorotal, cada una portando a un niño o
una niña, que junto a sus padres se apersonaron en el acto del adiós sentido.
Todos en uno, como acostumbran las comunidades rurales, manifestaron en tono de
gratitud mayor un reconocimiento a las enseñanzas de amor y de respeto por la
naturaleza que Don Nicolás les prodigó durante
25 años.

