LA TIERRA
COMO BOTÍN
“¡Ánimo, ánimo, de nuestra tierra nos echan pero
cargados de honra hemos de volver a ella!”
(Cantar
de Mío Cid)
Omar Carrero Araque
Baquiano
2015
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| Ocupación ilegal de la tierra en la RF Caparo. Foto: Diana Duque |
Desde
tiempos remotos las tierras han sido objeto de apoderamientos por parte de la
gente, de tribus o de naciones, las más de las veces valiéndose de la fuerza.
La Historia Universal como materia de bachillerato nos enseñó sobre las
conquistas de los fenicios Abibaal e Hiram de Tiro, de Alejandro Magno, de
Gengis Kan, de Aníbal Barca, de Pericles o de Julio César, y más cerca de
nosotros, las de Manco Capac y Montezuma.
Ya en nuestra casa se conoce como
unos 500 años antes de la llegada de Colón, las islas y las costas del mar que
más más tarde sería llamado “De las Antillas” fueron objeto de una sangrienta
ocupación por parte de los belicosos indios Caribes llegados súbitamente desde
territorios de la cuenca media del Amazonas. Esta etnia, con el apoyo de armas
letales como flechas envenenadas y macanas sometió a los pacíficos y
laboriosos arawakos a un exterminio casi total.
Esta ocupación alcanzó tal
magnitud que ese espacio marítimo tomaría el nombre de Mar de los Caribes,
contractado ahora como Mar Caribe. También registra la historia la ocupación
que sufrió el continente ahora llamado América, cuyas tierras fueron a parar a
manos de la Corona Española, gracias al dominio brutal que ejercieron los
conquistadores apoyándose en el caballo, el arcabuz, la espada y la cruz.
Tiempo después, en la Venezuela colonial las grandes propiedades surgieron con
los repartimientos de las tierras mediante las figuras de Encomiendas y
Mercedes Reales.
Ya en la época post colonial, durante la los primeros años de
independencia, estas tierras se constituyeron en activos en la forma de
“haberes militares”, creados para honrar “los sacrificios” que los soldados
amparados en lanzas, bayonetas y fusiles, hicieron por “la patria”. En los
primeros tiempos del siglo XX estos fundos nacidos en los haberes militares
engordaron en superficie gracias a la práctica de ocupación indebida de
terrenos baldíos, un hecho punible que se hacía con la venia de jefes civiles y
militares “chopo e´ piedra”.
Ya en los tiempos de democracias y de
revoluciones, por encima de las leyes de reforma agraria, la ocupación ilegal
de las tierras ha continuado ante la mirada complaciente de gobernantes y de
los partidos políticos en funciones de gobierno, que más bien las aúpan, no
sólo a cambio de votos, sino también y quizá con mayor peso, porque de esta
manera se podían lograr grandes fincas mediante jugadas que se iniciaban con la
expropiación de las tierras y su adjudicación a campesinos y a otros no tan
campesinos.
Los primeros al no poseer los recursos económicos y técnicos
necesarios para la producción se veían obligados a vender sus derechos a los
otros “campesinos” que de esta manera lograban conforman grandes propiedades,
revirtiendo de esta manera el sentido de la reforma agraria. En la historia
agraria del país se registra que la ocupación ilegal de los terrenos baldíos
adyacentes a un Fundo, fue la práctica más frecuente para la conformación de
los latifundios. En este caso los linderos del Fundo se movían a discreción, a
la manera de Doña Bárbara, Mister Danger o Ño Pernalete.
Esta práctica tenía
fuerte asidero en la vaguedad de los linderos de las propiedades legales,
inmersas dentro de terrenos baldíos. Como ejemplo se trae el caso del Fundo
Paiba, situado en el ahora municipio Ezequiel Zamora del estado Barinas. Este
Fundo de 1.707 hectáreas que en 1825 había sido dado como Haber Militar al
Teniente de Caballería Cecilio Rincón, acusaba en 1966 una superficie de 38.045
hectáreas. Ese mismo año, después de un largo proceso judicial, la Corte
Suprema de Justicia decretó la condición de baldíos a todos los terrenos que se
encontraban más allá de las 1.707 hectáreas originales, señalándose también que
estos terrenos eran inalienables por estar cubiertos de bosques (2).
Para tener
una idea de la vaguedad de los linderos de una posesión se transcribe un
fragmento del registro de venta del Fundo “Merecure Adentro”, fechado en 1909:
“… de aquí, mirando de norte a sur, travesía por el naciente al medio sesgo a
pasar por una madre vieja nombrada Sopera, por el paso llamado Maporita hasta
encontrar un árbol llamado Matapalo que se halla a orillas de una cañada
buscando una piña de corozo poblada con cuatro palmas….”(2). Con estas grandes
imprecisiones en los límites de un Fundo resulta fácil entender porque se hacía
fácil moverlos para adentrarse en tierras baldías o “las tierras de nadie” como
también se le llamó.
Lo incomprensible es que desde el último cuarto del Siglo
XX y el primero del XXI estas prácticas sigan actuando impunemente, tal como lo
están haciendo los frentes de ocupación de tierras amparadas por la ley
mediante la figura de Reserva Forestal, cuyos límites han sido establecidos con
la exactitud de teodolitos o de posicionadores geográficos, pero que además de
tener la condición de ser tierras inalienables.
Es sabido desde hace rato que
las Reservas Forestales de San Camilo, Turén, Ticoporo y Caparo sólo existen en
el papel pues en su lugar la cubierta arbórea antes exuberante, ahora se limita
a las matas frutales o de sombra que bordean las casas de los centenares de
Fundos que señorean sobre las tierras de la antiguas florestas, y las Tecas que
siguen las líneas rectas de los cercados convertidos en linderos maderables.
Se ha cambiado la profusión de la vida vegetal y
animal, el abundante y casi constante caudal de los ríos, la bondad de los
suelos, la pureza del aire y la diversidad de los paisajes, por muchos kilos de
carne, de queso y de maíz y por muchos litros de leche.
Esta última conclusión permite validar el dicho Pan
para hoy y Hambre para mañana, con la acotación de que en este caso, la
situación de hambre reviste mayor gravedad pues concierne al hambre de
ambiente.
Consultas:
2.- Páez, Gladys M.
PEDRAZA DE BARINAS. 1993 Fondo Editorial Tropikos.