ANÉCDOTAS FORESTALES
Haber formado parte de la naturaleza agreste del campo venezolano
durante más de cuarenta años, sin duda que deja marcas por las
experiencias habidas, diversas de ellas presentes a través de historias,
anécdotas, cuentos o leyendas. De esas tantas historias vividas en
estas cuatro décadas de monte, se han escogido algunas de las más
sonadas para que se mantengan vivas en el tiempo, ahora que muchas de
éstas ya están huérfanas de sus protagonistas.
SI ES SU GUSTO!!!
Omar Carrero Araque
Baquiano
Pica Garciera - Bosque Universitario El Caimital
Foto: INDEFOR
Mi amigo Pancho Garrido, compañero de campo por muchos años, me comentó que en uno de sus viajes al Bosque Universitario Caimital (un relicto de la selva estacional de unas 700 ha, ubicado entre las poblaciones de Barrancas y Obispos y que ahora podría considerarse como el bosque de la ciudad de Barinas por ser el único que se halla en varios kilómetros a la redonda de la ciudad marquesa), estuvo acompañado por el baquiano Patricio Mendoza, un obispeño lleno de historias y de una buena conversa, que realza con un marcado acento sabanero. Cuenta Pancho que, horas antes de salir al campo pasaron por el poblado a comprar el avío que les serviría de almuerzo, el cual consistía en este caso, en arepas rellenas con carne mechada y refrescos enlatados. Ante la indiferencia del baquiano para adquirir la provisión, mi amigo algo preocupado, lo interrogó:
-¿Tú no vas a llevar comida para el almuerzo?
-No señó, yo no acostumbro a comé en el campo, yo espero llegá a la casa pues a mí me gusta mascá en calientico.
Ante esta consideración, no hubo más insistencia y a las siete de la mañana arrancaron rumbo al bosque, por el camino de Las Guayabitas que acortaba la distancia. Una vez en la espesura iniciaron el paciente trabajo de colectar insectos, una ocupación que se prolongó hasta la media tarde, cuando Pancho con varios frascos llenos de insectos zambullidos en alcohol, consideró prudente tomar un descanso antes de continuar con la recogida en otra parcela. Entonces se dispuso a entrarle de frente a las arepas, ahora frías y al refresco, ahora tibio!!. Sentado sobre una gruesa raíz de charo amarillo, estaba por darle el primer mordisco a la torta de maíz cuando le pareció ver que sobre la carne que sobresalía de la arepa, estaban los ojos del viejo. Allí se frenó instintivamente y con disimulo miró al baquiano, quien sentado en el tronco caído de una palma de agua, miraba con ansía el disco compacto de masa y carne que mi amigo tenía entre sus manos.
La pregunta obligada de Pancho no se hizo esperar:
-¿Tú quieres una arepa?
La respuesta que ahora se ha convertido en proverbial entre los grupos de campo de la Facultad, reventó de inmediato:
-Si es su gusto!!!.
Se dio el compartir para satisfacción de Patricio, al lado de la acotación de mi amigo:
Pero ahora me acuerdo que me dijiste que no acostumbrabas a comer en el campo.
El retruque fue de inmediato:
-Pero es que ustée me provooca!!!

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