ANÉCDOTAS FORESTALES
Haber formado parte de la naturaleza agreste del campo venezolano
durante más de cuarenta años, sin duda que deja marcas por las
experiencias habidas, diversas de ellas presentes a través de historias,
anécdotas, cuentos o leyendas. De esas tantas historias vividas en
estas cuatro décadas de monte, se han escogido algunas de las más
sonadas para que se mantengan vivas en el tiempo, ahora que muchas de
éstas ya están huérfanas de sus protagonistas.
APUREÑO
MATA A MUSIÚ
Omar Carrero Araque
Baquiano
2008
Foto tomada de: Vivencias LLaneras del Abuelo
Víktor, de Letonia y Rafael, de
Mantecal, conformaron una pareja de forestales que cada vez que salían de campo
hacían recordar la canción de Manuel Graterol (Graterolacho) porque el catire
comandaba y el negro allí, de primerito. Hacían una llave perfecta al
compensarse en su comportamiento: el europeo callado y tímido y el apureño
hablador y malicioso. Cuando andaban de campo por Barrancas, a las 6 de la
mañana ya estaban tomando cafecito en la casa-pensión de Doña Aleja, “la mamá
barranqueña” de los forestales formados
en las tres décadas posteriores a 1950.
Del pueblo al bosque Caimital se atajaba por Chaparral o por el desvío de Las Guayabitas, caminos que acortaban grandemente las distancias, permitiendo estar bien tempranito en las parcelas de trabajo. El Catire provisto de su morral suizo, relascopio de bitterlich y libreta de campo; y el Negro, con la forcípula, la cinta diamétrica y la garra forestal. Estos instrumentos forman parte del “cuerpo” de los forestales, sobre todo de aquellos que trabajan inventariando los bosques. Por el ojo y la mano de estos dos personajes pasaron decenas de miles de árboles a lo largo y ancho del país, en su búsqueda de información sobre el crecimiento de los bosques. Luego de una semana de trabajo agotador en el piedemonte barinés, se obtenía como recompensa un fin de semana de descanso en la ciudad supra montem posita, en este caso Mérida!! El viaje de regreso se hacía el viernes por la tarde, aprovechándose el mismo para “llenar las alforjas” como decía el apureño y no llegar a casa con las manos vacías. De esta manera uno se apertrechaba de carne y pescado que por razones de mercado se conseguían más baratos en el llano; ante tal circunstancia siempre se andaba provisto con una cava refrigerada, por si acaso.
Me recordaba mi amigo Vicente Garay, que ese viernes de regreso, al arribar a la redoma de Barinas se avistó el improvisado mercado, el punto de reventa omnipresente en todas las encrucijadas. A esa hora avanzada de la tarde ya los artículos estaban escasos y muchos de los tarantines ya habían “bajado la Santamaría”, de tal forma que los pocos clientes que asistían a esa hora pujaban por hacerse con la mercancía restante. El apureño, que desde lejos había visto un precioso bagre rayado colgado por las agallas, estacionó el yip frente al tarantín pero mientras realizaba la maniobra de aparcamiento, el Catire aprovechó para bajarse rápidamente y negociar el pescado, no quedándole al Negro más remedio que ayudar a llenar la cava con hielo picado. Continuaron el viaje hacia Mérida remontando la cuesta que los llevaría al alto del páramo con el bagre dentro del pensamiento del Negro, quien silentemente no paraba de lamentarse por la pérdida de tan preciado “trofeo”. Hasta que por fin largó la palabra:
Del pueblo al bosque Caimital se atajaba por Chaparral o por el desvío de Las Guayabitas, caminos que acortaban grandemente las distancias, permitiendo estar bien tempranito en las parcelas de trabajo. El Catire provisto de su morral suizo, relascopio de bitterlich y libreta de campo; y el Negro, con la forcípula, la cinta diamétrica y la garra forestal. Estos instrumentos forman parte del “cuerpo” de los forestales, sobre todo de aquellos que trabajan inventariando los bosques. Por el ojo y la mano de estos dos personajes pasaron decenas de miles de árboles a lo largo y ancho del país, en su búsqueda de información sobre el crecimiento de los bosques. Luego de una semana de trabajo agotador en el piedemonte barinés, se obtenía como recompensa un fin de semana de descanso en la ciudad supra montem posita, en este caso Mérida!! El viaje de regreso se hacía el viernes por la tarde, aprovechándose el mismo para “llenar las alforjas” como decía el apureño y no llegar a casa con las manos vacías. De esta manera uno se apertrechaba de carne y pescado que por razones de mercado se conseguían más baratos en el llano; ante tal circunstancia siempre se andaba provisto con una cava refrigerada, por si acaso.
Me recordaba mi amigo Vicente Garay, que ese viernes de regreso, al arribar a la redoma de Barinas se avistó el improvisado mercado, el punto de reventa omnipresente en todas las encrucijadas. A esa hora avanzada de la tarde ya los artículos estaban escasos y muchos de los tarantines ya habían “bajado la Santamaría”, de tal forma que los pocos clientes que asistían a esa hora pujaban por hacerse con la mercancía restante. El apureño, que desde lejos había visto un precioso bagre rayado colgado por las agallas, estacionó el yip frente al tarantín pero mientras realizaba la maniobra de aparcamiento, el Catire aprovechó para bajarse rápidamente y negociar el pescado, no quedándole al Negro más remedio que ayudar a llenar la cava con hielo picado. Continuaron el viaje hacia Mérida remontando la cuesta que los llevaría al alto del páramo con el bagre dentro del pensamiento del Negro, quien silentemente no paraba de lamentarse por la pérdida de tan preciado “trofeo”. Hasta que por fin largó la palabra:
Mira
Vikingo tu revisaste bien ese bagre?
Porqué
Rafel?
Porque
me pareció verle 6 barbas!!! Y si estoy en lo cierto, te engañaron pues lo que
te vendieron fue un bagre mierdero!!
El Musiú con un gesto interpelante y
el ceño fruncido lo miró fijamente para soltar:
Y
eso que tiene que ver?
Claro
parientico porque seguramente ese Bagre mierdero fue pescado aquí en el pozo
Los Bubutes del Santo Domingo, donde desembocan las cloacas de Barinitas. Ese
pozo está taquiao de bagre mierdero bien gordo,
pues allí la comida les llega directamente a la boca.
El entrecejo del Musiú dejaba percibir
la duda que se le había sembrado
Ah
bichito pa’ peligroso ese bagre mierdero!! Prosiguió
el Negro en su ataque psicológico!!
Y recordando sus lecturas de los
boletines del Servicio Shell para el Agricultor Venezolano continuó martillando
sobre el peligro que representa para la salud humana la ingesta de salmonellas,
escherichias, protozoarios y helmintos, seguramente presentes en cada uno de
las sabrosas ruedas del bagre al ajillo.
Al llegar a Mérida el Musiú baja los
morrales frente a su casa y antes de despedirse de su compañero de viaje le espeta:
Llévate ese bagre, te lo regalo pero mañana me traes la cava. Que tengas un feliz fin de semana!!!!
Llévate ese bagre, te lo regalo pero mañana me traes la cava. Que tengas un feliz fin de semana!!!!
Perro viejo late echao, pensó el amigo
apureño, al tiempo que entre su sonrisa bellaca, mascullaba: apureño mata a
musiú

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