Cada montaña tiene sus
baquianos!! Jorge Virigay fue uno de ellos en Apure y en Barinas y uno de los
buenos. Los que compartimos con él, tiempo de montaña, aprendimos!!
SABIDURÍA ANCESTRAL EN DON JORGE VIRIGAY
Omar Carrero Araque
2010
Foto: Friney Pinto
“San Rafael bajó del cielo a conocer nuestro llano
y tuvo la
mala suerte de no conseguir baquianos…”
Con
esta copla del Cubiro Lozada se podría dibujar el panorama que se vive en el
Caparo barinés con los diestros de la baquía, porque ahora San Rafael el santo
patrón de los pescadores, nuevamente bajó del cielo este 24 de octubre en busca
de los mejores baquianos para llevarlos a sus aposentos en el paraíso. Antes
había invitado a Juan y Jesús Bolaños y ahora en una semana, queriendo
completar su equipo de baquianos mayores, se llevó a Luis Ballesteros y a Jorge
Virigay.
El viejo Virigay junto a Don Pedro Rodríguez era uno de los últimos representantes de esa hornada de curtidos conocedores del cuadro histórico-ambiental de la Lengüeta apureña y barinesa, otrora asiento de las montañas de Caparo y San Camilo. Había nacido en Caño Guayabal, en el municipio Páez (Apure) pero se asentó desde joven en El Cantón de Barinas.
Sus hijos lo recuerdan como un viejo parrandero y amante de la música llanera, responsable a lo sumo, de esos que consideraban a la palabra como un documento. Agradecido por el sustento diario daba gracias al Creador antes y después de cada comida con un corto rezo: “Gracias sean a Dios”
Virigay, como se le conocía en el medio, mostraba en su semblante indígena los rasgos originarios de su línea ancestral. Hombre fuerte para el trabajo de campo, silente, observador y metafórico. Conocía las plantas y su uso, los caminos y su rumbo, y la gente y su tradición. El bosque le había develado sus secretos, un hecho que se revelaba en la facultad que tenía para curar los males con la medicina natural que encontraba en las plantas. Aquí debe subrayarse que últimamente le preocupaba el abandono que estaba sufriendo la yerbatería y en ese sentido apuntaba, “la gente de ahora no procura la rama”.
También sentía y lamentaba a su manera, la mengua que sufría la montaña ante lo cual expresaba que “los monos ahora tendrán que andar a pie”. Gracias al saber que tenía de las señas del cielo y que le habían servido para componer sus acertadas adivinaciones, pudo adelantar su juicio sobre el cambio climático al percatarse desde hace tiempo, que las cabañuelas habían perdido su particularidad para el pronóstico de las lluvias y que el dicho adivinatorio de “arco en el sol, agua a montón y arco en la luna, agua ninguna” ya no se cumplía.
En los últimos años de su vida, ya más tranquilo y rodeado de su gente, tuvo la necesidad de agudizar el sentido del oído para compensar la pérdida de la visión. En las visitas que le hacíamos nos reconocía por la voz y en un rincón de su memoria reunía a sus compañeros de andanzas: Hole Umar, dame razón de Clemente; que es de la vida de Liscano; y el Señor Coco todavía recoge matas?; y Miguel… Miguel, cómo era el apelativo de ese musiú que comía chimó, carajo ya la memoria no me ayuda!!!.
Ya
te vas pa´ Mérida.
Si
Jorge
Entonces,
dámele saludos al dotor Dodríguez y al dotor Vince.
La ida de Jorge o mejor Joroge como él pronunciaba, coincidió con la “ida” de sus montañas, quizá en la convicción de que ahora que no hay espesura, no hacen falta baquianos, tal como me lo expresó una vez, al ver la proliferación de plantaciones de teca y melina en la región de Ticoporo: “ahora será más fácil se baquiano porque con sólo aprendese el nombre de estos dos palos, lo demás es pan comío”.

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