ANÉCDOTAS FORESTALES
Haber formado parte de la naturaleza agreste del campo venezolano
durante más de cuarenta años, sin duda que deja marcas por las
experiencias habidas, diversas de ellas presentes a través de historias,
anécdotas, cuentos o leyendas. De esas tantas historias vividas en
estas cuatro décadas de monte, se han escogido algunas de las más
sonadas para que se mantengan vivas en el tiempo, ahora que muchas de
éstas ya están huérfanas de sus protagonistas.
CAÑO ANARÚ, TIEMPO QUE NO TE VEÍA!!
Omar Carrero Araque
Baquiano
2008
El Anarú:
Caño emblemático de la Estación Experimental Caparo, ahora sin su espesura protectora y rodeado de centenares de Fincas
Foto: Elvecio Pernía
El inventario forestal realizado en 1967 sirvió para
establecer una malla de picas que ahora sirven de referencia para la ubicación de las áreas de investigación en la Estación. Los primeros
trabajos de ecología comenzaron en la Pica 9
que atravesaba la selva desde la Pica Central hasta el caño Anarú,
cubriendo unos 3 Km. Allí estaban las parcelas para la observación fenológica,
captura de materia orgánica y los puntos de medición inundación y capa freática. Allí también nació el método de Tipificación de la vegetación.
El límite sur de la Pica lo definía el mismo Caño Anarú, entonces encerrado en
la espesura del selva, umbrío y
silencioso. Estar en su orilla, en postura y expresión contemplativa
abría la posibilidad de ver el abrevar de las dantas, lapas, o con más suerte,
del tigre. La superficie negra y serena del caño podía ser alterada por el
salto de un bagre al cazar o por el desplazamiento de una gὒibo o culebra de agua.
Hacer el trayecto
hasta este emblemático caño en época de lluvias era todo un suceso lleno de
sorpresas, parecido a lo que ahora llaman eco-turismo, pero que en esos
momentos, hacer el viaje cada quince días por obligaciones de trabajo era un
verdadero trance que finalizaba cuando se hacían los reparos fenológicos al
viejo Palo e´ María marcado con el número 550, un nidal de belicosas hormigas afincado en el borde mismo del caño. Unos metros antes estaba el 534, un grueso
y tal vez centenario Barba de Tigre con sus racimos de espinas esparcidos sobre el tronco.
El
reposo lo hacíamos a la pata del Uverote, el 545 de la lista fenológica. A su
sombra “despachábamos” el avío y tomábamos aliento para el regreso. Allá por
1975 el Profesor Rodríguez Poveda estaba de vuelta en Caparo tras una ausencia
de tres años, tiempo en el cual adelantó sus estudios de maestro en ciencias en
Tennessee. Con mayor claridad en sus ideas y mayor impulso y tenacidad se metió
de lleno a propulsar su obra dilecta: El Proyecto Caparo. Primeramente se impuso un recorrido por
toda el área a objeto captar la realidad para poder reordenar ideas,
situaciones y espacios.
Una tarde de julio invitó al viejo baquiano Jesús Bolaños a que
lo acompañara en un recorrido por la Pica 9 en un momento cuando los bajíos
estaban en el mayor nivel de inundación, haciendo el trayecto de unos 12
kilómetros “a pata limpia” partiendo desde el mismo campamento. Decía Jesús que
a eso de la tres de la tarde estaban llegando al Uverote, allí se sentaron a
descansar, mientras que el Profesor hizo algunas anotaciones y se fumó dos
cigarrillos, él se había succionado media botella del anisado La Gaviota antes
de que el olor lo delatara, pues entonces su acompañante mirándolo fijamente,
le espetó un: Convide!!!.
Después de las cuatro de la tarde decidieron que ya era la hora apropiada para el regreso, pero antes el Profe se acercó a la orilla del caño y exclamó: Caño Anarú, hacía tiempo que no te veía!!. Jesús sin entender porque hicieron esos doce kilómetros de fangueo libre, pensó para sus adentros: Llegó más loco de lo que se fue, no joda!!

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