MAESTROS
SIN PIZARRONES:
DON LUIS
BALLESTEROS
Omar
Carrero Araque
Baquiano
2010
Ya el año 1970 caminaba por el imaginario sendero de Piscis cuando
encontré por primera vez a Lucho Ballesteros, un hombre echado de su Colombia santandereana
por la racha de violencia que recorría aquella tierra. Sus rasgos indígenas se
mostraban en su perfil aquilino, su cabello liso en extremo y su mirar en soslayo;
pero por encima de todo, por su astucia y su aguda percepción.
Al conocerse su destreza
para el aprendizaje y para la formación así como su celo por el trabajo, se
decidió su incorporación al contingente
que iniciaría el Proyecto Caparo. Este hecho casi lo separa de Laguna Grande,
su bien cuidada Fundación, resultado del esfuerzo y de la constancia de su
grupo familiar.
Allí en Laguna Grande mostraba con orgullo a unas de las Tecas más
viejas de Caparo, traídas por madereros que consiguieron Paradero en esta
Finca. Venían del Aserradero Santa María, de Acarigua según me contaba en una
de las tantas travesías que hicimos juntos; fueron ellos quienes introdujeron
los primeros mijaos en el área, allá por el ya lejano 1965. También mantenía en
la Finca un tosco pluviómetro con el que registraba las precipitaciones,
utilizando notaciones todavía no aceptadas por la climatología: de 3-5 pm aguacero pacencioso.
Ya dentro de la Universidad convierte al Campamento Área 3 en su
“nueva finca” porque a más de Capataz que cumple cabalmente con las
obligaciones de su trabajo, como hombre de visión agroforestal crea huertas
caseras y establece “ensayos” agroforestales al combinar plantaciones de caoba
con plataneras y de teca con maíz.
Logró tal éxito en estos “Ensayos”, que aunque alejado de las
replicaciones, diseños y otras consideraciones estadísticas, los mismos
tuvieron que ser reconocidos como iniciadores de una línea entonces repelida dentro
de una Reserva Forestal.
Una anécdota sobre ese ensayo muestra la astucia de Luis: sucedió
que los ataques de los roedores en los tallos de las caobas plantadas se
reducía casi a cero en aquellas que se encontraban dentro de sus “ensayos”.
Un curso de postgrado de prácticas en la Estación discute sobre
este hecho. Por varios minutos se delibera sobre el sabor de la corteza, saliendo
a relucir teorías sobre los fenoles y los polifenoles y otras artes de la
química. Luis me mira socarronamente y cuando se le pide su opinión sobre tal
fenómeno, acota:
Ingenieros, yo
simplemente les digo que si yo fuera una lapa, no royera corteza de caoba, que
debe ser bien amarga, si tengo cambures dulces regados por el piso!
En otra ocasión, pasado el mediodía, regresan los estudiantes al
campamento, agotados por un esfuerzo al que no están acostumbrados. Uno de
ellos se tiende sobre una hamaca que está colgada en un pequeño galpón techado
con cinc.
A los pocos minutos se levanta sudoroso y dirigiéndose a él, le
dice:
Don Luis, aquí si le falló su ingenio porque ese galponcito es muy
bajo y allí no se puede dormir. Lo observa fijamente con su mirada aindiada y
le espeta: Ingeniero, lo que sucede es
que aquí en este Campamento no se duerme a las 3 de la tarde!
Durante el tiempo ULA-CORPOANDES y teniendo como “centro de
operaciones” al Fundo Puño de Oro recorrí con Luis, en invierno y en verano,
una veces a pie y otras en sus bestias, los ensayos de fenología, de
regeneración natural, los puntos de freática e inundación, las cestas
colectoras de materia orgánica, las parcelas de envenenamiento, los ensayos de enraizamiento,
las picas de tipificación, los ensayos de hypsipyla, las líneas de plantación
bajo cubierta, a campo abierto y método limba.
Más como todo no puede ser ciencia, sudor y esfuerzo, también
recorríamos las cantinas de Horacio, de Doña Celia, de Alfonso Miranda, del
Chato Raúl y de Doña Uva, en donde departíamos alegremente con los otros
compañeros de trabajo.
Tiempo ha, que se había retirado corporalmente de Caparo, pero
cómo no sentirlo si su huella como la del tigre quedó marcada en todas las
picas, en todos los bancos y en todos los bajiales de la Estación.
Hoy Luis se ha marchado para siempre de este mundo pero seguros estamos
que con sus cenizas seguirá abonando la tierra del Caparo, que durante más que
medio siglo abonó con su ejemplo, su sudor, su sabiduría y sus enseñanzas.

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